Podría contarles que salimos de Bastimentos un día antes de lo previsto, camino de Isla Colón. Que pasamos un día apacible y que a la mañana siguiente tomamos el avión de Nature Air al punto de la mañana, y que era bien chiquito, no más para unos veinte pasajeros y que a pesar del miedo natural que le inspira a uno un microbús con alas, la vista del Caribe desde el aire compensa ampliamente todo esto, y que llegamos a la población David tras poco más de media hora de trayecto de costa a costa, y de ahí a la frontera con Costa Rica en Paso Canoas, y a Palmar norte, y Sur y a Sierpe y que allá hicimos noche en Cabinas Sofía.
Todo ello es cierto, y sin embargo les estaría escamotando la parte jugosa de viaje, las tres lecciones de vida que recibimos a bocajarro y sin haberlas buscado y que por sí mismas merecen todo el esfuerzo y costo de llegar hasta aquí.
La señora Gloria
Fue el domingo después de la siesta en el Hostal Maritza, Isla de Colón, que sirvió de anestesia para el Calor y la Humedad del día, que fueron enormes.
Salimos a darle un vistazo a los puestos locales que ofrecen artesanía local y souvenirs varios para turistas medios como nosotros. Al rato encontramos Artesanía Bri-Bri, un angosto local que ya nos había maravillado el pasado año por lo bien dispuesto de la mercancía y el agradable olor a incienso que envolvía todo. Mientras lasanta se probaba un precioso vestido blanco cosido a mano, la propietaria y yo convenimos en lo linda que estaba, tan alta y esbelta que todo le sienta, sabe usted. Y sí, claro, sé… es mi mujer, después de todo.
Doña Gloria representa a la perfección el tipo de dama sudamericana que a uno le fascina sin mediación; rezumando clase innata, con una presencia y dulzura omnipresentes, ese tono y acento caluroso que sólo se encuentra en Colombia. Todo en ella es gusto: su vestido largo de motivos ópticos, sus pendientes ovalados, su mata de pelo perfectamente blanco, sus gafas de concha. Sesenta y siete años como otros tantos soles.
Y sin más ni más comienza a contarnos, así a bocajarro, su vida entera: que hace dos años perdió a Manuel, su escalera de color, su pleno al quince. Porque Manuel era de los que ya no quedan, saben ustedes, Manuel me peinaba y me pintaba las uñas, y me compraba la lencería y me trataba como a pétalo de rosa. Y me cortejó durante cinco años; con serenata, no como ahora que sólo quieren cama y nada más, y con almendras y con chocolate y hasta con acrósticos, que eran comúnes en aquel tiempo. Cuarenta años de casados nos esperaban.
Y cada treintayuno, mis niños, se vestía de esmoquin y yo de tiros largos y me llevaba a bailar al lugar más caro y lindo de la ciudad. No importaba el país en el que viviéramos, ni si pintaban oros o mandaban bastos. El 31 era para nosotros. Y el pobrecito se fue, saben, hace dos años y mi duelo ocupó tres
meses de una negra noche pero al final salí, y aquí me tienen. Y ahí la teníamos, hacíéndose cargo del pequeño negocio, trabajando de sol a luna, dando de comer a un par de familias indias con sus ventas, y viajando a Panamá a comprar el género y a venderlo con la sapiencia de un mercader antiguo.
Para cuando nos pregunta por nuestra vida estamos sin habla; y sí, llevamos once años juntos, apenas aprendices de Gloria y Manuel, y qué bueno, les queda lo mejor, decía ella. Se les ve tan bien juntos. Me van a permitir que les obsequie con una tortuguita y una rana, tallas bri-brís, como recuerdo.
Fue pagar, salir a la calle y romper a llorar sin consuelo. Y yo soy de natural seco y enjuto pero ahí brotaron lágrimas como melones que ni sabía que tenía dentro.
No se preocupe, Doña Gloria, el Altísimo en quien tanto cree y a quien tanto agradece le tiene guardada una vida larga y próspera para que siembre su historia y prenda y de flor y frutos: y al final de la misma, don Manuel le estará esperando en uno de esos Restaurantes en que a uno le arriman la mesa y le plantan el babero y tendrán toda una eternidad para mirarse a los ojos.
Leonel
A Leo lo encontramos en la frontera de Paso Canoas. Mientras aguardábamos los pesados trámites burocráticos le veíamos caminando de un lado a otro, medio nervioso y empapado en sudor. Y allí mismo le juzgamos y condenamos; está puesto, le decía a lasanta. Y sí, eso parece. Habrá tomado “algo”.
Cuando ya salíamos para Ciudad Neily, que así se llamaba nuestro destino, nos subimos al taxi comunitario que cazamos casi al vuelo y allí estaba él, sentado en el extremo del asiento trasero. Él mismo nos sacó de nuestro Error. Su vida, un cúmulo de suertes y desgracias le alejaba muy mucho de nuestros prejuicios
sin razón. Futbolista de provecho, una lesión le apartó joven del equipo de su vida y aún de la selección Nicaraguense de la que era el volante derecho.
Con tan sólo 22 años y dos niñas apenas recién nacidas, debía buscarse la vida fuera de su pueblo natal. Y así se lanzó a la aventura aterrizando en Colón, Panamá (extremo Caribeño del Canal y para nada comparable con la isla del mismo nombre que nos acogió a nosotros y a doña Gloria, y sí el tipo de puerto franco con el que las mamás aterrorizan a los bebés insomnes)
Durante seis meses trabajó incansable para reunir la plata que pudiera mantener a la familia, cuando un “pelao” de no más de doce años le apuntó a la sien con un revolver robándole la casi totalidad de sus ingresos que llevaba con él en su último día en la Ciudad. ¿Se imaginan?
En su impotencia, salió de Colón con la rabia en las retinas y sólo pensando en llegar a su pueblo, una pequeña población en la frontera entre Nicaragua y Honduras a más de tres días de viaje sin fin. Y en medio de su epopeya fue que lo encontramos, medio asustado y nervioso con razón y con motivos, y nuestro fue el error y el prejuicio. Al final compartimos el viaje y nuestra común afición por el Madrid. Tan merengón era que hasta los servicios del campo había visto por internet.
Don Leo, si algún día nos visita, desde aquí le prometo dos buenos tiquetes en el Santiago Bernabéu. Se los debemos.
Edorta, Yoli y los niños
Fue dejar a Leo y encontrarnos a Edorta y Yoli en el hostal Sofía de Sierpe. En seguida nos compenetramos con estos vascos de Tolosa y la charla era fluida desde un principio. Sin embargo, no fue solo por esto que nos marcó el conocerles: Edorta sufrió hace un par de años un accidente laboral que le dejó en silla de ruedas.
El drama que uno se imagina puede destrozar una vida, en Edorta es parte de su ser. De una fuerza física sólo comparable a la mental, había salido para alante con la bravura del pelotari que fue. Y aquí estaban los dos, ella y él, él y ella, con Ikuñe apenas de tres años y Sacha de uno y medio, atravesando por dos meses
Costa Rica y Panamá y haciendo caso omiso a la prudencia y el buen tino que desaconsejan adentrarse en estos lares tan poco provistos para el discapacitado.
El placer que provoca verles juntos, sobreponiéndose al dolor y el infortunio nos muestra el Camino Recto, si es que éste existe. Ni una mala palabra, ni un mal gesto.
Edorta y Yoli, va por ustedes: Aúpa!!
Coda
Ya ven, en veinticuatro horas peladas tres historias así, rollo bigger than life, más grandes que la vida, porque son la vida misma.